La cara de un profe que sabe que no sabes. ¿Para qué pregunta lo que ya sabe?
La cara del estudiante que sabe que no sabe y que la respuesta no vendrá del techo.
La cara del padre que sabe que su hijo no sabe y que es una pérdida de tiempo.
La cara del amigo que sabe y no entiende cómo su amigo no sabe.
La cara de la niña que espera su helado.
La cara de la que espera en el avión llegar pronto al aeropuerto.
La cara del hombre que despierta esperanzado.
La cara de los que dan la cara.
La cara de los descaradados.
La cara del estúpido enamorado.
Contracara
Un perro mira a la luna. Cualquiera puede mirar a la luna. Pero, ¿porqué querrá un caniño plantarse toda la noche, con el cuello estirado, el hocico expentante y las orejas gachas, delante de esa luna que parece tan lejana? Me dan ganas de sentarme al lado del perro -si me lo permite- y estirar la cabeza y las piernas, para empezar a mirar, con otros ojos, la luna que compartimos con los perros, los gatos y las hormigas. No puedo saber qué espera mi compañero silencioso, si algo espera, o si sólo contempla a la luna porque no tiene más nada que hacer, porque le gusta su redondez, o simplemente porque es perro y los perros tienen manías extrañas. Creo que el perro no mira a la luna sino que yo creo -quiero creer- que lo hace. Es más probable que guste de una gata que está en lo alto de un árbol, delante de la luna, una gata negra y cruel, que lo mira desde abajo, inmóviles los dos, impacibles. El problema, querido, es que si ella quisiera bajara hasta ti, llegara hasta el pasto y con sus movimientos felinos te rondara, lenta y cautelosamente, como gata que se respete. Pero tu, no puedes subir hasta ella, eres perro fiel, de casa, de los que recogen el periódico, can, Odi en su versión más grotesca. ¿Cómo podrías subir hasta ella, can, cómo si tu nombre es espuma delante del misterio de acero de la gata? No puedes Odi, por razones morfo-ilógicas. Me distrae pensar a tu lado, perrito, mirarte tan concentrado, como si pensaras, cómo si pudiera hablarte, cómo si me pudieras responder un hola. Delante de la gata-luna tu y yo estamos perdidos, depronto yo un poco más que tu, porque mi oficio depende del tuyo, tanto que si te aburres de mirar y sentirte mirado, yo me voy a tener que levantar -pero sería mejor ocupar tu puesto- mirar más allá de la gata, más allá de la luna, más allá de la nada. Y allí, en la nada, en las nubes que corren, en la luz de neón de la luna, en las figuras inconstantes de las luciérnagas, poder entender cómo surge de la nada, la forma opaca que cada uno contempla abstraido, con el cuello estirado, cada vez que vuleve una excusa a la luna.
Si, es verdad, ya ni sé, pero es así. Porque no da lo mismo acá, allí, ahora, quizás. ¿O si?. Qué tal si ahora quizás allí y un poco acá tambien -si quieres puedes girar y regresar- hacerlo mañana o dentro de dos años, o simplemente no hacerlo y esperar. Si te das vuelta ya no me verás -si, es cierto- pero tal vez mi sombra te pueda alcanzar, verás mi figura no traspasada por la luz, pegada en el pavivento, transfigurada en un gesto aberrante, de petición y rechazo. Pero se puede allí, ahora, quizás extender un brazo, o alargar un dedo, o retroceder un paso para alargar la sombra, para tocar un brazo. Son iguales las intenciones no realizadas, si quizás se quiso querer gritar, saltar, retroceder, avanzar, da lo mismo; el gesto se detuvo en la intención, abortado, nunca pudo cortar el aire, ni alterar la materia. Se unirán todos las acciones suspendidas, en una misma confusión de casi gritos y casi manos extendidas, casi, pero nunca. Son lindas ésas que se quedan en tomar el aire y temblar, en una especie de impulso enseguida contenido por un reflejo superior; son como el impulso de una pluma imaginada, una que enseguida se suspende para no caer, que enseguida es reemplazada por otro pensamiento más urgente, más vació, más necio, menos tierno. Da igual, los pensamientos de ayer son todos los mismos, ninguno se puede recordar, me consuela saber que lo que pienso hoy no será nada mañana, mejor, dentro de dos mitutos -tres segundos- Pertenecerán todos a la masa informe de ideas que se esfuman. Como tu figura que ya dio vuelta, oh, giró, ahora, allí, quizás, y mi gesto se contuvo, como una pluma que...
Nungún recado en el teléfono,
ningún mensaje al correo,
ni rastro de señales de humo,
ni encuentros telepáticos.
Nada de sueños reveladores,
ni presentimientos repentinos.
(un ring ring o un toc toc podrían sacarme una sonrisa)
Si pudiéramos retorceder el tiempo seríamos perfectos, andaríamos en un presente constante, arreglando las cagadas del pasado. Bueno, pero el arrepentimiento viene ligado a ese, "ojalá no hubiera hecho esto, si pudiera..." pero ya no se puede, es terrible saber que todo lo que hacemos permanece en una cadena de hechos inalterables en el tiempo, pero que, por fortuna, se pueden desdibujar en la memoria. El problema ahora es cuánto demora olvidar... toma su tiempo poder recordar sin pena el suceso que nos mortifica.
Es espantosamente cierto eso que me dijo una amiga, que una vida puede cambiar en una hora, en dos noches... me da risa comprobarlo ahora. Ella tenía razón, el mundo con sus vueltas injustas puede ponernos al borde del abismo y empujarnos sin importar cuánto hayas luchado o creído luchar por mantenerte a salvo.
Bueno, mi conciencia me mata, ojalá pudiera yo matarla a ella; pero no puedo, alla adivina mis intenciones y se burla de mi, mostrándome fragmentos de recuerdos filosos e hirientes.